El desacuerdo no es el problema
Cuando empujar juntos importa más que tener razón
Mandela dejó una idea tan simple como incómoda: si quieres paz con tu enemigo, tienes que trabajar con él. No porque sea justo ni agradable, sino porque, muchas veces, es la única forma de mover algo que está bloqueado.
Hoy en Venezuela el conflicto principal es evidente: un poder que se mantiene de forma opresiva, que controla las llaves del coche averiado y no permite una vida digna a millones de personas. Ese es el núcleo del problema y no conviene perderlo de vista.
Pero alrededor de ese conflicto central han ido creciendo otros, más pequeños y más ruidosos: venezolanos que se quedaron frente a venezolanos que se fueron; ironía desde dentro, indignación desde fuera y una dificultad creciente para ponernos en el lugar del otro; reproches cruzados entre personas que, en teoría, están del mismo lado. No son conflictos inventados: son humanos, nacen del cansancio, del miedo y de trayectorias vitales muy distintas.
La pregunta que me hago no es quién tiene razón, sino en qué estamos gastando la poca energía que nos queda. Un coche averiado se puede empujar solo, pero avanza más cuando se empuja entre varios, aunque no todos empujen igual ni estén de acuerdo en el camino. Incluso si no todos vamos al mismo destino, todos queremos que vuelva a ponerse en marcha, aunque tengamos que compartirlo.
Trabajar juntos no significa pensar igual, ni absolver culpas, ni renunciar a la justicia. Significa coordinar lo mínimo necesario para que algo se mueva. Mandela hablaba de hacerlo con el enemigo; quizá también tengamos que aprender a hacerlo con compañeros que nos resultan desagradables.
En La voz de los vencidos, el historiador Tomás Straka recuerda que la historia venezolana ya fue, en otros momentos, una historia de enfrentamientos entre venezolanos. Ignorar esa complejidad no la hizo desaparecer entonces, y probablemente tampoco lo haga ahora. Tal vez no sea indispensable construir un relato común, pero sí deseable, si de verdad aspiramos a reconstruir algo más que nuestras propias certezas.
Algunos quizá nunca volvamos a usar el coche. Y aun así, tanto quienes viven en Venezuela como quienes viven en el exilio queremos ver una Venezuela próspera, libre y de todos.
Como decía aquel mensaje de Navidad de RCTV que quizá algunos aún recuerdan: juntos, vamos a arreglarlo.
No para tener razón.
Para tener futuro.
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