Bombardeo de Caracas
A mí no me sale celebrar sin más que hayan detenido a Maduro o que “les hayan dado un buen susto” a los chavistas. No me sale. Y no lo digo como reproche ni para dar lecciones a nadie, sino como una reacción personal, honesta.
Pensar en Venezuela, para mí, nunca ha sido simple. No es solo alegría o tristeza, esperanza o resignación. Es algo mucho más complejo. Pero hay dos cosas que siempre están ahí: fe y deseo de que algún día podamos vivir en libertad, en una Venezuela próspera y de todos.
Por eso me cuesta celebrar cuando pienso en las personas que pasaron miedo. En quienes escucharon explosiones cerca de sus casas. En quienes no sabían si sus familiares estaban a salvo. En quienes perdieron algo —o a alguien—, o arrastran ahora secuelas que no siempre se ven. Pensar en eso me pone un límite muy claro: no puedo separar lo que ocurre de quienes lo sufren.
Yo me fui por miedo. Miedo físico, sí, pero también miedo a no tener futuro, a no poder construir una vida con un mínimo de tranquilidad. Y quizá por eso me resulta imposible desconectarme del miedo de otros, aunque hoy lo viva desde fuera.
No me fui para dejar de ser venezolano.
Me fui para poder seguir siéndolo sin miedo.
Entiendo que muchos sientan alivio, rabia acumulada o incluso esperanza después de tantos años. Entiendo que se celebre que algo se mueva, que se toque a quienes han hecho tanto daño. Pero lo que me cuesta es que esa reacción no venga acompañada de empatía hacia quienes sufrieron las consecuencias inmediatas: el miedo, las pérdidas, y también el impacto cotidiano que suele seguir a estos episodios, cuando la vida se encarece, escasea lo básico y la calidad de vida empeora en el corto plazo, aunque algunos vean en ello una esperanza a futuro. Para mí, una cosa no debería borrar a la otra.
No tengo una solución clara ni inmediata para Venezuela. No sé cuál es el camino correcto después de 28 años de deterioro, abuso y frustración. Pero sí tengo una convicción sencilla: alegrarnos del miedo o de la muerte de venezolanos —sean civiles o militares— me aleja del país que yo entiendo que queremos construir.
No escribo esto para confrontar ni para dividir. Al contrario. Lo escribo porque no quiero que sigamos reproduciendo la lógica que el chavismo sembró durante décadas: oligarcas contra pueblo, escuálidos contra revolucionarios. No quiero que ahora sea los que se quedaron contra los que se fueron.
Seguir empujando juntos no significa pensar igual ni justificar a nadie. Significa no perder la empatía, incluso cuando el cansancio es enorme. Significa cuidar la forma en que hablamos del dolor ajeno. Significa recordar que la Venezuela que anhelamos no puede empezar celebrando el sufrimiento de los nuestros.
En estos días también se han producido liberaciones de presos políticos, una noticia que solo puede recibirse con alivio. Reconocerlo no cambia el punto central de esta reflexión, que es la necesidad de no perder la empatía con ningún sufrimiento. La empatía no debería convertirse en una competencia: reconocer un alivio no debería hacernos invisibilizar el dolor de otros, o viceversa.
No para tener razón.
Para tener futuro.
Referencia: BBC Mundo – Reportaje sobre las consecuencias de los hechos .
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